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viernes, 30 de abril de 2010

La madre. Máximo Gorki

"La madre, con una sonrisa ardiente en los labios, iba detrás de Masin, y por encima de su cabeza veía a su hijo y a la bandera.
A su alrededor aparecían y desaparecían alegres rostros, ojos de diferentes colores; delante de todos iban su hijo y Andréi. Oía sus voces; la de Andréi, velada y suave, se fundía en un solo sonido con la del hijo, pastosa y recia

¡Levántate, arriba, pueblo trabajador!
¡En pie, a la lucha, la gente sin pan!


Y la gente corría al encuentro de la enseña roja, gritaba, se fundía con la multitud, marchaba con ella de vuelta, y los gritos se apagaban entre los sonidos de la canción; aquella canción que cantaban en casa en voz más baja que otras, fluía en la calle sin trémolos, recta, con una fuerza terrible. En ella resonaba un valor férreo, llamaba a los hombres a seguir una larga senda hacia el futuro, advirtiéndoles lealmente de las penalidades del camino.
En su llama, grande y serena, se fundía la negra escoria de lo sobrevivido, la pesada bola de los sentimientos habituales, y se quemaba, convirtiéndose en cenizas, el maldito temor a lo nuevo... "

Petirrojo. Jo Nesbo

"Los destellos iluminaron el cielo de la noche, tan gris que parecía una lona sucia tensada sobre el paisaje desolado que los rodeaba. Puede que los rusos hubieran iniciado una ofensiva, puede que sólo quisieran hacerles creer que esas cosas nunca se sabían hasta después. Gudbrand estaba echado sobre el borde de la trinchera con ambas piernas dobladas bajo el cuerpo, agarraba el fusil con las dos manos y escuchaba los sordos estruendos lejanos, mientras miraba los destellos que caían lentamente. Sabía que no debía mirarlos, pues podían producir ceguera nocturna e impedirle así ver a los francotiradores rusos que se deslizaban por la nieve allí, en tierra de nadie. Pero de todos modos no los podía ver, nunca había visto ninguno, solamente había disparado por indicación de los otros. Como ahora."

sábado, 31 de enero de 2009

El doctor Zhivago. Borís A. Pasternak.

»Yo vivo en una populosa encrucijada de la ciudad. Moscú en verano, cegadora de sol, ardiendo en los asfaltos de sus patios, que lanza reflejos desde las ventanas de los pisos su­periores y respira la floración de las nubes y de las calles, me rodea por todas partes y hace dar vueltas a mi cabeza, y quiere que para su gloria yo haga dar vueltas a las cabezas de los demás. Con esta intención me he educado y entregado en manos del arte.
»La calle que rumorea sin tregua día y noche, se halla es­trechamente vinculada al alma contemporánea, como las pri­meras notas de una abertura, cuando el telón del teatro, lleno de misterio y tinieblas, no se ha levantado aún, pero ya inciden sobre él las luces de los focos. La ciudad que rumo­rea y resuena incesantemente, sin tregua, al otro lado de las puertas y las ventanas, es para cada uno de nosotros la gran abertura de la vida. Me gustaría escribir sobre la ciudad se­gún estos conceptos.»
Entre las poesías de Zhivago no se encontró ninguna de este género. ¿Acaso el poema Hamlet puede figurar en este grupo?