sábado, 28 de marzo de 2009

Sauce ciego, mujer dormida. Haruki Murakami.


"Mis amigos también contaban, más o menos, con la mis­ma edad. Veintisiete, veintiocho, veintinueve años... Una edad poco adecuada para morir. Los poetas mueren a los veintiún años; los revolucionarios y las estrellas del rock, a los veinti­cuatro. Una vez superada esa edad parece que, de momento, estés a salvo. Como mínimo, eso es lo que presupone la ma­yoría de la gente. Ya has dejado atrás la legendaria curva fatí­dica, ya has cruzado el túnel lúgubre y oscuro. Tienes por de­lante una recta autopista de seis carriles por la que (aunque no te apetezca demasiado) puedes volar hacia tu destino. Te cortas el pelo, te afeitas todas las mañanas. Ya no eres poeta, ni revo­lucionario, ni estrella del rock. Ya no duermes la borrachera dentro de una cabina telefónica, ni bebes hasta perder el sen­tido, ni escuchas ningún LP de los Doors a todo volumen a las cuatro de la madrugada. Has suscrito un seguro de vida por conveniencia, has empezado a beber en los bares de los hoteles, desgravas de los impuestos la factura del dentista. Porque tú ya tienes veintiocho años."

domingo, 15 de marzo de 2009

Madame Bovary. Gustave Flaubert

"-¡Desde luego que tengo una religión, la mía, e incluso puedo decir que soy más religioso que todos ellos juntos con sus mojigangas y sus charlatanerías! ¡Yo, por el contrario, adoro a Dios! ¡Yo creo en el Ser Supremo, en un Creador, cualquiera que sea, poco importa, que nos ha puesto aquí abajo para que cumplamos con nuestros deberes de ciudadanos y de padres de familia, pero no tengo necesidad de ir a una iglesia a besar bandejas de plata y a engordar con mi bolsillo a un hatajo de farsantes que se alimentan mejor que nosotros! Porque a ese Dios se le puede honrar de igual modo en un bosque, en el campo, y hasta contemplando la bóveda celeste, como hacían los anti­guos. Mi Dios, el mío, es el Dios de Sócrates, el de Franklin, el de Voltaire y el de Béranger! ¡Yo estoy a favor de la Profesión de fe del vicario saboyano y de los inmortales principios del ochenta y nueve! De modo que no admito a esa clase de Dios que se pasea por un jardín bastón en mano, aloja a sus amigos en el vientre de las ballenas, muere exhalando un grito y resucita al cabo de tres días: cosas todas absurdas en sí mismas y en abierta pugna, además, con todas las leyes de la física; lo que nos demuestra, dicho sea de paso, que los curas siempre han estado sumidos en la más ignominiosa ignorancia y que se em­peñan en hundir con ellos a la gente."

viernes, 6 de marzo de 2009

Un día en la vida de Iván Denisovich. A. Solzhenitsin

"Los del servicio de contraespionaje le pegaron muchas veces. Shujov llegó a una sencilla conclusión: si no firmas te darán el pijama de madera; si firmas, al menos consegui­rás vivir otro poco. Firmó.
En realidad, las cosas ocurrieron así: en febrero de 1942 encerraron a todo el ejército en una bolsa del frente, y de los aviones ya no tiraban comida, pues no debían quedar aviones. Llegaron incluso a raspar los cascos de los caba­llos que reventaron, mezclando luego esa materia córnea con agua, para comérsela. Tampoco había con qué dispa­rar. Así, los alemanes los cazaron en grupos a través de los bosques, haciéndolos prisioneros. Con uno de estos gru­pos, Shujov estuvo unos días en cautiverio, aún dentro de los bosques, y luego se escapó con otros cuatro. Ocultán­dose en los bosques y los pantanos, encontraron al fin, como por milagro, las propias tropas. Un tirador de ame­tralladoras segó a dos de ellos allí mismo, el tercero murió a consecuencia de las heridas; los dos restantes consiguie­ron pasarse. Habría sido mejor decir que se perdieron en los bosques, y no hubiera ocurrido nada. Pero ellos confe­saron abiertamente: prisioneros de los alemanes. ¿Conque prisioneros? ¡Hijitos de puta! Son agentes fascistas. Si hu­bieran sido cinco, se habrían comparado sus declaraciones, y les habrían creído, pero siendo dos, ¡imposible! Los muy canallas se han puesto perfectamente de acuerdo en esa historia de la fuga."

sábado, 28 de febrero de 2009

miércoles, 25 de febrero de 2009

Viento y joyas. El día del Watusi. Francisco Casavella.

"Los Estudiantes aparecieron ante mi vista de halcón. Unos, como en rebaño, llevaban pancartas y recitaban un lema que desde esa altura no podía entender. Otros, como avispas que entran y salen de un enjambre, con el paso ágil, alerta, y un periódico en la mano, increpaban a los ciudadanos, se adelantaban al grupo y oteaban en las esquinas sin ver­ lo que a mí en ese momento ya me era dado divisar: varias furgonetas de la policía se detenían en un cruce a mi izquierda y empezaban a ascender en formación hasta la calle por donde muy pronto iban a transitar los Estudiantes, po­bres, que seguían gritando, ahora podía oírles, «¡Franco asesino!», a sabiendas de que eso estaba muy mal visto. Las voces eran desgarradas y por encima de ellas sobrevolaba una emocionante tristeza, era una manifestación de tarde de domingo; no como otras que había visto en las que los Estudiantes, imitando un sifón, empezaban a decir nada más ver a la policía y en reflejo verbal de sus movimientos: «¡Que vienen! ¡Que vienen! (aquí el sifón). ¡Ya llegan! ¡Ya llegan! Sh-sh. ¡Ya bajan del carro! Sh-sh. ¡Ya sacan las porras! Sh-sh».

domingo, 15 de febrero de 2009

Brooklyn Follies. Paul Auster.


"... Hace poco tiempo que he empezado una nueva vida, y estoy muy contento de la decisión que tomé de instalarme en Brooklyn. Después de tantos años viviendo en el extrarradio, creo que la ciudad me va bien, y ya he empezado a tomarle cariño a mi barrio, con su cambiante mezcla de blanco, marrón y negro, su intrincado coro de acentos extranjeros, sus niños y sus árboles, sus laboriosas familias de clase media, sus parejas de lesbianas, sus tiendas de comestibles coreanas, el santón hindú de bata blanca que me saluda con una inclinación siempre que nos cruzamos por la calle, sus enanos y lisiados, sus ancianos pensionistas que avanzan paso a paso por la acera, las campanas de sus iglesias y sus diez mil perros, la furtiva población de vagabundos sin hogar, carroñeros solitarios que deambulan por las calles empujando sus carritos de la compra, hurgando en la basura en busca de botellas."

domingo, 8 de febrero de 2009

El chino. Henning Mankell.


"Le llevó más de una hora llegar a la plaza de Tiananmen. Era la más grande que había visto en su vida. Se accedía a ella por un camino ­peatonal que discurría bajo Jiangumennei Daije. Rodeada de miles personas, empezó a caminar por la plaza. Por todas partes se veía gente haciendo fotografías y blandiendo banderitas y vendedores de agua y de tarjetas postales.

Se detuvo y miró a su alrededor. El cielo estaba brumoso, faltaba algo... Tardó un rato en caer en la cuenta.
Pajarillos. O palomas. No había ni rastro; sin embargo, sí había gente por todas partes, gente que advertía tan escasamente su presencia como notaría su repentina desaparición.
Recordaba las imágenes de 1989, cuando los estudiantes manifestaron sus exigencias de mayor libertad de pensamiento y de expresión, y el desenlace, cuando los carros de combate entraron rodando en la plaza masacrando a muchos de los manifestantes. «Aquí hubo una vez un hombre con una bolsa de plástico blanca en la mano», se dijo. «Todo el mundo lo vio por televisión, conteniendo el aliento. Se colocó ante un carro de combate y se negó a retirarse. Como un pequeño e insignificante soldado de plomo, su figura concretaba toda la oposición que un ser humano es capaz de concitar. Cuando intentaban pasar a su lado, el hombre se cambiaba de sitio. Birgitta no sabía qué sucedió al final, ­pues jamás vio esa imagen. Sí sabía, en cambio, que cuantos habían ­muerto aplastados por los carros de combate o por los disparos de los soldados eran personas de carne y hueso."