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sábado, 30 de enero de 2010

Aventuras de una peseta. Julio Camba.

"-¿Otra copita? -me dijo una tarde un amigo inglés.
-No. Muchas gracias. Prefiero irme por ahí a ver chicas o a oír a los oradores de Hyde Park.

Pero observé que el inglés me miraba con cierta re­pugnancia. Era la repugnancia instintiva de Inglaterra hacia el hombre que no bebe. Los ingleses desprecian al hombre que no bebe, porque la sobriedad les parece un estado inmoral. El hombre sobrio, en efecto, es un hom­bre propicio a todas las tentaciones. Las mujeres le atraen. La política le interesa. El hombre sobrio piensa y siente normalmente, y esto es contrario a la moral británica.

El alcohol, en cambio, desarrolla un sinfín de virtu­des: la castidad, la docilidad, la imbecilidad... Bajo su influencia semidivina, los hombres pueden conservarse puros hasta pasados los ochenta años. ¿Cómo no va a ser Inglaterra el pueblo que consume más alcohol si es el más virtuoso de todos? ¿O cómo no va a ser el pueblo más vir­tuoso si es el pueblo que consume más alcohol?

Con el alcohol se anula el sexo y se anula la inteli­gencia, las dos cosas por donde más se puede pecar. Y, ya libre de tentaciones, uno comienza a interesarse por las ratas, y se hace vegetariano; o por los avestruces, y se hace de la Liga contra el uso de plumas en los sombreros de señora. Cada bebedor de gin o de whisky es, como si dijéramos, un San Francisco de Asís en potencia."

viernes, 22 de mayo de 2009

El honor perdido de Katharina Blum. Heinrich Böll.

"Un miembro destacado de la comisión del carnaval, comerciante en vinos y espumosos, que podía vanagloriarse de haber resucitado el buen humor, se mostró aliviado porque los crímenes no llegaron a conocerse antes del lunes el uno y antes del miércoles el otro.
- Esto sucede al principio de los días alegres, y ¡adiós ambiente y adiós negocio! Si se descubre que se abusa de los disfraces para cometer crímenes, nadie tiene ganas de celebrar el carnaval. ¡Un auténtico sacrilegio! El alborozo y la alegría necesitan basarse en la confiaza."

miércoles, 29 de abril de 2009

Los Buddenbrook. Thomas Mann.

"Entre dos guerras, tranquilo y apacible dentro de los pliegues de su vestidito-delantal, rizado y sedoso el ca­bello. el pequeño Johann juega en el jardín, cerca del surtidor, o bien en la azotea, que, separada por una tarima con columnas de la terraza del segundo piso, ha sido así dispuesta ex profeso para él y para los juegos propios de sus cuatro años y medio... Esos juegos, cuya profundidad y encanto ningún hombre maduro será capaz de comprender y para los cuales no se requieren más objetos que tres piedrecitas o un pedazo de madera que acaso lleve, a guisa de casco, una humilde florecilla. Porque lo que en ellos resplandece, ante todo, es la fantasía pura, vigorosa, férvida, inocente, inmaculada todavía y con ella el atrevimiento de esa edad feliz, en que la vida no se atreve aún a apoderarse de nosotros; en la que ni el deber ni la culpa nos han echado todavía su mano encima; en la que podemos ver, oír, reír, extrañar­nos y soñar sin que el mundo nos imponga su dogal..., en la que la impaciencia de aquellos a quienes debería­mos querer no nos atormenta con las exigencias y las pruebas de que desempeñaremos nuestras obligaciones con el celo que considera necesario... ¡Ah, un poco de tiempo más y caerá sobre nosotros todo eso con brutal tesón; y vendrán las coacciones, los trabajos forzados, la tensión de ánimo, el aniquilamiento!"

sábado, 28 de febrero de 2009