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jueves, 31 de diciembre de 2009

La hoguera de las vanidades. Tom Wolfe

"-Déjenme terminar. ¿Creen uuusteedes que...?
-¡No nos vengas con porcentajes, tío! ¡Lo que queremos es trabajo!
La muchedumbre entra de nuevo en erupción. La cosa se pone cada vez más fea. El alcalde no entiende casi nada de lo que le están gritando: inter­jecciones salidas desde el fondo de la cesta de la compra. Pero sí capta todo eso de Gober. Ahí abajo hay un bocazas, y lo que dice le llega claramente por encima del estruendo.
-¡Gober! ¡Gober! ¡Gober!
Pero lo que dice no es Gober. Lo que dice es Goldberg.
-¡Eh, Goldberg! ¡Goldberg! ¡Goldberg!
El alcalde se queda aturdido. ¡Aquí, en Harlem! Goldberg es el mote con el que los negros insultan a los judíos. ¡Escandaloso! ¡Qué insolencia! ¡Cómo se atreve alguien a gritarle estas vilezas al alcalde de Nueva York!
Abucheos, silbidos, gruñidos, carcajadas, gritos. La masa tiene ganas de ver cómo le parten un diente. La masa ha perdido el control.
-Díganme ustedes...
No sirve de nada. No lo oyen, ni siquiera cuando usa el micrófono. ¡Cuánto odio en sus rostros! ¡Puro veneno! Es hipnótico."

domingo, 29 de marzo de 2009

Bartleby, el escribiente. Herman Melville.

"En fin, mi primer negocio, el de gestor de traspasos de bienes inmuebles, buscador de títulos de propiedad y redactor de documen­tos oscuros de todo tipo, se vio incrementado considerablemente al aceptar la oficina del Secretario del Tribunal de la Equidad. Ahora sí que había mucho trabajo para los escribientes. No se trataba solo de exigirles más a los empleados que ya estaban conmigo, sino que debía conseguir ayuda adicional. En respuesta a mi anuncio, una mañana apareció un joven apacible ante las puertas de la oficina, que al ser verano estaban abiertas. Todavía puedo ver aquella figura, pálidamente pulcra, lastimosa­mente respetable, incorregiblemente desolada. ¡Ese era Bartleby!"