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viernes, 30 de abril de 2010

Petirrojo. Jo Nesbo

"Los destellos iluminaron el cielo de la noche, tan gris que parecía una lona sucia tensada sobre el paisaje desolado que los rodeaba. Puede que los rusos hubieran iniciado una ofensiva, puede que sólo quisieran hacerles creer que esas cosas nunca se sabían hasta después. Gudbrand estaba echado sobre el borde de la trinchera con ambas piernas dobladas bajo el cuerpo, agarraba el fusil con las dos manos y escuchaba los sordos estruendos lejanos, mientras miraba los destellos que caían lentamente. Sabía que no debía mirarlos, pues podían producir ceguera nocturna e impedirle así ver a los francotiradores rusos que se deslizaban por la nieve allí, en tierra de nadie. Pero de todos modos no los podía ver, nunca había visto ninguno, solamente había disparado por indicación de los otros. Como ahora."

martes, 19 de enero de 2010

Cabeza de perro. Morten Ramslad.

"Nos gustaría saber cómo sobrevive, nos gustaría muchísimo, para ser exactos. Deseamos saber cómo se prepara el terreno para que yo, el pequeño, y mi hermana Stinne, la mayor, podamos venir al mundo, pero el abuelo se cierra en banda y bebe más aguardiente. Hicieran lo que le hiciesen los alemanes, no quiere contarlo.
-Había que elegir entre morir y perder la vida -se limita a decir.
Acaba de ver una señal de tráfico calle abajo que le ha pareci­do un alemán con un rifle. La abuela sacude la cabeza, resignada, y cambia de tema. El abuelo anda con bastón y ha engordado bas­tante. No como cuando volvió de Buchenwald a casa, pasando por Neuengamme, en los autobuses blancos de la Cruz Roja y no era más que un esqueleto. Me imagino al abuelo como una fina línea con una enorme cabeza redonda, sentado en la parte de atrás del autobús.
- ¿Qué mas ocurrió, abuelo? -pregunta Stinne.
Pero prefiere hablar de todas las veces que, de niño, estuvo en el puerto de Bergen para recibir a su padre cuando el Katari­na arribaba después de pasar meses en el mar. El reencuentro siempre lo llenaba de miedo y alegría por igual, ya que, tras la cena de bienvenida, su madre leía en voz alta la libreta negra donde estaban apuntadas con esmerada caligrafía todas las pi­llerías de Askild. Entonces su padre sacaba el cinto del armario para que recibiera los azotes acumulados durante todo ese tiem­po."