
"Era una tarde cálida y luminosa y habíamos ido al café al aire libre de Xemaá-El-Fná a cenar: cuencos de bissara, una sopa de guisantes secos y comino con un círculo de aceite de oliva flotando encima. Mamá había acabado y hablaba en francés con un hombre de otra mesa. Bea y yo nos pusimos a explorar el café mientras jugábamos a pillar. La regla básica del juego se la había inventado Bea para librarse de la improbable situación de que llegara a atraparla. Si le rozaba la punta de la manga con mi mano extendida, yo tenía que decir algo, una palabra inventada por mí, pero si ella me veía acercarme, podía salvarse gritando "¡Espantoso!", o "¡Estrafalario!", o ambas en un segundo antes de que llegara a tocarla, y así quedaba libre para alejarse corriendo entre las mesas y las sillas mientras yo jadeaba tras ella... con la cabeza llena de palabras."





